Ernest Hemingway
La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.
-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.
-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?
-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.
Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.
-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.
-Todavía no está listo.
-¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta?
-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.
George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.
-Son las cinco.
-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.
-Adelanta veinte minutos.
-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer?
-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y tocineta, o un bisté.
-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.
-Esa es la cena.
-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?
-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado...
-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.
-Dame tocineta con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.
-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.
-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George.
-Dije si tienes algo para tomar.
-Sólo lo que nombré.
-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?
-Summit.
-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.
-No -le contestó éste.
-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.
-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.
-Así es -dijo George.
-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.
-Seguro.
-Así que eres un chico vivo, ¿no?
-Seguro -respondió George.
-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al?
-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas?
-Adams.
-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max?
-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.
George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.
-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.
-¿No te acuerdas?
-Jamón con huevos.
-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.
-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.
-Nada.
-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.
-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.
George se rió.
-Tú no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?
-Está bien -dijo George.
-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.
-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.
-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.
-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.
-¿Por? -preguntó Nick.
-Porque sí.
-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.
-¿Qué se proponen? -preguntó George.
-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?
-El negro.
-¿El negro? ¿Cómo el negro?
-El negro que cocina.
-Dile que venga.
-¿Qué se proponen?
-Dile que venga.
-¿Dónde se creen que están?
-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?
-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha, dile al negro que venga acá.
-¿Qué le van a hacer?
-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?
George abrió la portezuela de la cocina y llamó:
-Sam, ven un minutito.
El negro abrió la puerta de la cocina y salió.
-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.
-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí.
El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:
-Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.
-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo.
El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.
-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?
-¿De qué se trata todo esto?
-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.
-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.
-¿De qué crees que se trata?
-No sé.
-¿Qué piensas?
Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.
-No lo diría.
-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.
-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.
-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?
George no respondió.
-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?
-Sí.
-Viene a comer todas las noches, ¿no?
-A veces.
-A las seis en punto, ¿no?
-Si viene.
-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?
-De vez en cuando.
-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.
-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?
-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.
-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina.
-¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George.
-Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo.
-Cállate -dijo Al desde la cocina-. Hablas demasiado.
-Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?
-Hablas demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.
-¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?
-Uno nunca sabe.
-En un convento judío. Ahí estuviste tú.
George miró el reloj.
-Si viene alguien, dile que el cocinero salió. Si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?
-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?
-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.
George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías.
-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?
-Sam salió -dijo George-. Volverá en alrededor de una hora y media.
-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.
-Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Eres un verdadero caballero.
-Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina.
-No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo.
A las siete menos cinco George habló:
-Ya no viene.
Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.
-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.
-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.
-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.
Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.
-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.
-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.
En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.
-¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó.
-Vamos, Al -insistió Max.
-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?
-No va a haber problemas con ellos.
-¿Estás seguro?
-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.
-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.
-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?
-Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.
-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.
-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.
Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.
-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. No quiero que vuelva a pasarme.
Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.
-¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad.
-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.
-¿A Ole Andreson?
-Sí, a él.
El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.
-¿Ya se fueron? -preguntó.
-Sí -respondió George-, ya se fueron.
-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.
-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.
-Está bien.
-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.
-Si no quieres no vayas -dijo George.
-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.
-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?
El cocinero se alejó.
-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.
-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.
-Voy para allá.
Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.
-¿Está Ole Andreson?
-¿Quieres verlo?
-Sí, si está.
Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.
-¿Quién es?
-Alguien que viene a verlo, señor Andreson -respondió la mujer.
-Soy Nick Adams.
-Pasa.
Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.
-¿Qué pasa? -preguntó.
-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.
Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.
-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.
Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.
-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.
-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.
-Le voy a decir cómo eran.
-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.
-No es nada.
Nick miró al grandote que yacía en la cama.
-¿No quiere que vaya a la policía?
-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.
-¿No hay nada que yo pueda hacer?
-No. No hay nada que hacer.
-Tal vez no lo dijeron en serio.
-No. Lo decían en serio.
Ole Andreson volteó hacia la pared.
-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.
-¿No podría escapar de la ciudad?
-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.
Seguía mirando a la pared.
-Ya no hay nada que hacer.
-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?
-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.
-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.
-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.
Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.
-Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: "Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este", pero no tenía ganas.
-No quiere salir.
-Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?
-Sí, ya sabía.
-Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.
-Bueno, buenas noches, señora Hirsch -saludó Nick.
-Yo no soy la señora Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la señora Bell.
-Bueno, buenas noches, señora Bell -dijo Nick.
-Buenas noches -dijo la mujer.
Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.
-¿Viste a Ole?
-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.
El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.
-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.
-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.
-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.
-¿Qué va a hacer?
-Nada.
-Lo van a matar.
-Supongo que sí.
-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.
-Supongo -dijo Nick.
-Es terrible.
-Horrible -dijo Nick.
Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.
-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.
-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.
-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.
-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.
-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.
-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso.
jueves 2 de julio de 2009
ESPUMA Y NADA MÁS
Hernando Téllez
(Colombia, 1908-1966)
No saludó al entrar. Yo estaba repasando sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero el no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja. La probé luego sobre la yema del dedo gordo y volví a mirarla contra la luz. En ese instante se quitaba el cinturón ribeteado de balas de donde pendía la funda de la pistola. Lo colgó de uno de los clavos del ropero y encima colocó el kepis. Volvió completamente el cuerpo para hablarme y, deshaciendo el nudo de la corbata, me dijo: “Hace un calor de todos los demonios. Aféiteme”. Y se sentó en la silla. le calculé cuatro días de barba. Los cuatro días de la última excursión en busca de los nuestros. El rostro aparecía quemado, curtido por el sol. Me puse a preparar minuciosamente el jabón. Corté unas rebanadas de la pasta, dejándolas caer en el recipiente, mezclé un poco de agua tibia y con la brocha empecé a revolver. Pronto subió la espuma “Los muchachos de la tropa debep tener tanta barba como yo”. Seguí batiendo la espuma. “Pero nos fue bien, ¿sabe? Pescamos a los principales. Unos vienen muertos y otros todavía viven. Pero pronto estarán todos muertos”. “¿Cuántos cogieron?” pregunté. “Catorce. Tuvimos que internarnos bastante para dar con ellos. Pero ya la están pagando. Y no se salvará ni uno, ni uno”. Se echó para atrás en la silla al verme la brocha en la mano, rebosante de espuma Faltaba ponerle la sábana. Ciertamente yo estaba aturdido. Extraje del cajón una sábana y la anudé al cuello de mi cliente. El no cesaba de hablar. Suponía que yo era uno de los partidarios del orden. “El pueblo habrá escarmentado con lo del otro día”, dijo. “Sí”, repuse mientras concluía de hacer el nudo sobre la oscura nuca, olorosa a sudor. “¿Estuvo bueno, verdad?” “Muy bueno”, contesté mientras regresaba a la brocha. El hombre cerró los ojos con un gesto de fatiga y esperó así la fresca caricia del jabón. Jamás lo había tenido tan cerca de mí. El día en que ordenó que el pueblo desfilara por el patio de la escuela para ver a los cuatro rebeldes allí colgados, me crucé con él un instante. Pero el espectáculo de los cuerpos mutilados me impedía fijarme en el rostro del hombre que lo dirigía todo y que ahora iba a tomar en mis manos. No era un rostro desagradable, ciertamente. Y la barba, envejeciéndolo un poco, no le caía mal. Se llamaba Torres. El capitán Torres. Un hombre con imaginación, porque ¿a quién se le había ocurrido antes colgar a los rebeldes desnudos y luego ensayar sobre determinados sitios del cuerpo una mutilación a bala? Empecé a extender la primera capa de jabón. El seguía con los ojos cerrados. “De buena gana me iría a dormir un poco”, dijo, “pero esta tarde hay mucho qué hacer”. Retiré la brocha y pregunté con aire falsamente desinteresado: “¿Fusilamiento?” “Algo por el estilo, pero más lento”, respondió. “¿Todos?” “No. Unos cuantos apenas”. Reanudé de nuevo la tarea de enjabonarle la barba. Otra vez me temblaban las manos. El hombre no podía darse cuenta de ello y ésa era mi ventaja. Pero yo hubiera querido que él no viniera. Probablemente muchos de los nuestros lo habrían visto entrar. Y el enemigo en la casa impone condiciones. Yo tendría que afeitar esa barba como cualquiera otra, con cuidado, con esmero, como la de un buen parroquiano, cuidando de que ni por un solo poro fuese a brotar una gota de sangre. Cuidando de que en los pequeños remolinos no se desviara la hoja. Cuidando de que la piel, quedara limpia, templada, pulida, y de que al pasar el dorso de mi mana por ella, sintiera la superficie sin un pelo. Sí. Yo era un revolucionario clandestino, pero era también un barbero de conciencia, orgulloso de la pulcritud en su oficio. Y esa barba de cuatro días se prestaba para una buena faena.
Tomé la navaja, levanté en ángulo oblicuo las dos cachas, dejé libre la hoja y empecé la tarea, de una de las patillas hacia abajo. La hoja respondía a la perfección. El pelo se presentaba indócil y duro, no muy crecido, pero compacto. La piel iba apareciendo poco a poco. Sonaba la hoja con su ruido característico, y sobre ella crecían los grumos de jabón mezclados con trocitos de pelo. Hice una pausa para limpiarla, tomé la badana, de nuevo yo me puse a asentar el acero, porque soy un barbero que hace bien sus cosas. El hombre que había mantenido los ojos cerrados, los abrió, sacó una de las manos por encima de la sábana, se palpó la zona del rostro que empezaba a quedar libre de jabón, y me dijo: “Venga usted a las seis, esta tarde, a la Escuela”. “¿Lo mismo del otro día?”, le pregunté horrorizado. “Puede que resulte mejor”, respondió. “¿Qué piensa usted hacer?” “No sé todavía. Pero nos divertiremos”. Otra vez se echó hacia atrás y cerró los ojos. Yo me acerqué con la navaja en alto. “¿Piensa castigarlos a todos?”, aventuré tímidamente. “A todos”. El jabón se secaba sobre la cara. Debía apresurarme. Por el espejo, miré hacia la calle. Lo mismo de siempre: la tienda de víveres y en ella dos o tres compradores. Luego miré el reloj: las dos veinte de la tarde. La navaja seguía descendiendo. Ahora de la otra patilla hacia abajo. Una barba azul, cerrada. Debía dejársela crecer como algunos poetas o como algunos sacerdotes. Le quedaría bien. Muchos no lo reconocerían. Y mejor para él, pensé, mientras trataba de pulir suavemente todo el sector del cuello. Porque allí sí que debía manejar coro habilidad la hoja, pues el pelo, aunque es agraz, se enredaba en pequeños remolinos. Una barba crespa. Los poros podían abrirse, diminutos, y soltar su perla de sangre. Un buen barbero como yo finca su orgullo en que eso no ocurra a ningún cliente. Y éste era un cliente de calidad. ¿A cuántos de los nuestros había ordenado matar? ¿A cuántos de los nuestros había ordenado que los mutilaran? ... Mejor no pensarlo. Torres no sabía que yo era un enemigo. No lo sabía él ni lo sabían los demás. Se trataba de un secreto entre muy pocos, precisamente para que yo pudiese informar a los revolucionarios de lo que Torres estaba haciendo en el pueblo y de lo que proyectaba hacer cada vez que emprendía una excursión para cazar revolucionarios. Iba a ser, pues, muy difícil explicar que yo lo tuve entre mis manos y lo dejé ir tranquilamente, vivo y afeitado.
La barba le había desaparecido casi completamente. Parecía más joven, con menos años de los que llevaba a cuestas cuando entró. Yo supongo que eso ocurre siempre con los hombres que entran y salen de las peluquerías. Bajo el golpe de mi navaja Torres rejuvenecía, sí; porque yo soy un buen barbero, el mejor de este pueblo, lo digo sin vanidad. Un poco más de jabón, aquí, bajo la barbilla, sobre la manzana, sobre esta gran vena. ¡Qué calor! Torres debe estar sudando como yo. Pero él no tiene miedo. Es un hombre sereno que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros. En cambio yo, con esta navaja entre las manos, puliendo y puliendo esta piel, evitando que brote sangre de estos poros, cuidando todo golpe, no puedo pensar serenamente. Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario pero no soy un asesino. Y tan fácil como resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? No, ¡qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué se gana con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y éstos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre. Yo podría cortar este cuello, así, ¡zas! No le daría tiempo de quejarse y como tiene los ojos cerrados no vería ni el brillo de la navaja ni el brillo de mis ojos. Pero estoy temblando como un verdadero asesino. De ese cuello brotaría un chorro de sangre sobre la sábana, sobre la silla, sobre mis manos, sobre el suelo. Tendría que cerrar la puerta. Y la sangre seguiría corriendo por el piso, tibia, imborrable, incontenible, hasta la calle, como un pequeño arroyo escarlata. Estoy seguro de que un golpe fuerte, una honda incisión, le evitaría todo dolor. No sufriría. ¿Y qué hacer con el cuerpo? ¿Dónde ocultarlo? Yo tendría que huir, dejar estas cosas, refugiarme lejos, bien lejos. Pero me perseguirían hasta dar conmigo. “El asesino del Capitán Torres. Lo degolló mientras le afeitaba la barba. Una cobardía”. Y por otro lado: “El vengador de los nuestros. Un nombre para recordar (aquí mi nombre). Era el barbero del pueblo. Nadie sabía que él defendía nuestra causa...” ¿Y qué? ¿Asesino o héroe? Del filo de esta navaja depende mi destino. Puedo inclinar un poco más la mano, apoyar un poco más la hoja, y hundirla. La piel cederá como la seda, como el caucho, como la badana. No hay nada más tierno que la piel del hombre y la sangre siempre está ahí, lista a brotar. Una navaja como ésta no traiciona. Es la mejor de mis navajas. Pero yo no quiero ser un asesino, no señor. Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo honradamente con mi trabajo... No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada más. Usted es un verdugo y yo no soy más que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto.
La barba había quedado limpía, pulida y templada. El hombre se incorporó para mirarse en el espejo. Se pasó las manos por la piel y la sintió fresca y nuevecita.
“Gracias”, dijo. Se dirigió al ropero en busca del cinturón, de la pistola y del kepis. Yo debía estar muy pálido y sentía la camisa empapada. Torres concluyó de ajustar la hebilla, rectificó la posición de la pistola en la funda y, luego de alisarse maquinalmente los cabellos, se puso el kepis. Del bolsillo del pantalón extrajo unas monedas para pagarme el importe del servicio. Y empezó a caminar hacia la puerta. En el umbral se detuvo un segundo y volviéndose me dijo:
“Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo digo”. Y siguió calle abajo.
(Colombia, 1908-1966)
No saludó al entrar. Yo estaba repasando sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero el no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja. La probé luego sobre la yema del dedo gordo y volví a mirarla contra la luz. En ese instante se quitaba el cinturón ribeteado de balas de donde pendía la funda de la pistola. Lo colgó de uno de los clavos del ropero y encima colocó el kepis. Volvió completamente el cuerpo para hablarme y, deshaciendo el nudo de la corbata, me dijo: “Hace un calor de todos los demonios. Aféiteme”. Y se sentó en la silla. le calculé cuatro días de barba. Los cuatro días de la última excursión en busca de los nuestros. El rostro aparecía quemado, curtido por el sol. Me puse a preparar minuciosamente el jabón. Corté unas rebanadas de la pasta, dejándolas caer en el recipiente, mezclé un poco de agua tibia y con la brocha empecé a revolver. Pronto subió la espuma “Los muchachos de la tropa debep tener tanta barba como yo”. Seguí batiendo la espuma. “Pero nos fue bien, ¿sabe? Pescamos a los principales. Unos vienen muertos y otros todavía viven. Pero pronto estarán todos muertos”. “¿Cuántos cogieron?” pregunté. “Catorce. Tuvimos que internarnos bastante para dar con ellos. Pero ya la están pagando. Y no se salvará ni uno, ni uno”. Se echó para atrás en la silla al verme la brocha en la mano, rebosante de espuma Faltaba ponerle la sábana. Ciertamente yo estaba aturdido. Extraje del cajón una sábana y la anudé al cuello de mi cliente. El no cesaba de hablar. Suponía que yo era uno de los partidarios del orden. “El pueblo habrá escarmentado con lo del otro día”, dijo. “Sí”, repuse mientras concluía de hacer el nudo sobre la oscura nuca, olorosa a sudor. “¿Estuvo bueno, verdad?” “Muy bueno”, contesté mientras regresaba a la brocha. El hombre cerró los ojos con un gesto de fatiga y esperó así la fresca caricia del jabón. Jamás lo había tenido tan cerca de mí. El día en que ordenó que el pueblo desfilara por el patio de la escuela para ver a los cuatro rebeldes allí colgados, me crucé con él un instante. Pero el espectáculo de los cuerpos mutilados me impedía fijarme en el rostro del hombre que lo dirigía todo y que ahora iba a tomar en mis manos. No era un rostro desagradable, ciertamente. Y la barba, envejeciéndolo un poco, no le caía mal. Se llamaba Torres. El capitán Torres. Un hombre con imaginación, porque ¿a quién se le había ocurrido antes colgar a los rebeldes desnudos y luego ensayar sobre determinados sitios del cuerpo una mutilación a bala? Empecé a extender la primera capa de jabón. El seguía con los ojos cerrados. “De buena gana me iría a dormir un poco”, dijo, “pero esta tarde hay mucho qué hacer”. Retiré la brocha y pregunté con aire falsamente desinteresado: “¿Fusilamiento?” “Algo por el estilo, pero más lento”, respondió. “¿Todos?” “No. Unos cuantos apenas”. Reanudé de nuevo la tarea de enjabonarle la barba. Otra vez me temblaban las manos. El hombre no podía darse cuenta de ello y ésa era mi ventaja. Pero yo hubiera querido que él no viniera. Probablemente muchos de los nuestros lo habrían visto entrar. Y el enemigo en la casa impone condiciones. Yo tendría que afeitar esa barba como cualquiera otra, con cuidado, con esmero, como la de un buen parroquiano, cuidando de que ni por un solo poro fuese a brotar una gota de sangre. Cuidando de que en los pequeños remolinos no se desviara la hoja. Cuidando de que la piel, quedara limpia, templada, pulida, y de que al pasar el dorso de mi mana por ella, sintiera la superficie sin un pelo. Sí. Yo era un revolucionario clandestino, pero era también un barbero de conciencia, orgulloso de la pulcritud en su oficio. Y esa barba de cuatro días se prestaba para una buena faena.
Tomé la navaja, levanté en ángulo oblicuo las dos cachas, dejé libre la hoja y empecé la tarea, de una de las patillas hacia abajo. La hoja respondía a la perfección. El pelo se presentaba indócil y duro, no muy crecido, pero compacto. La piel iba apareciendo poco a poco. Sonaba la hoja con su ruido característico, y sobre ella crecían los grumos de jabón mezclados con trocitos de pelo. Hice una pausa para limpiarla, tomé la badana, de nuevo yo me puse a asentar el acero, porque soy un barbero que hace bien sus cosas. El hombre que había mantenido los ojos cerrados, los abrió, sacó una de las manos por encima de la sábana, se palpó la zona del rostro que empezaba a quedar libre de jabón, y me dijo: “Venga usted a las seis, esta tarde, a la Escuela”. “¿Lo mismo del otro día?”, le pregunté horrorizado. “Puede que resulte mejor”, respondió. “¿Qué piensa usted hacer?” “No sé todavía. Pero nos divertiremos”. Otra vez se echó hacia atrás y cerró los ojos. Yo me acerqué con la navaja en alto. “¿Piensa castigarlos a todos?”, aventuré tímidamente. “A todos”. El jabón se secaba sobre la cara. Debía apresurarme. Por el espejo, miré hacia la calle. Lo mismo de siempre: la tienda de víveres y en ella dos o tres compradores. Luego miré el reloj: las dos veinte de la tarde. La navaja seguía descendiendo. Ahora de la otra patilla hacia abajo. Una barba azul, cerrada. Debía dejársela crecer como algunos poetas o como algunos sacerdotes. Le quedaría bien. Muchos no lo reconocerían. Y mejor para él, pensé, mientras trataba de pulir suavemente todo el sector del cuello. Porque allí sí que debía manejar coro habilidad la hoja, pues el pelo, aunque es agraz, se enredaba en pequeños remolinos. Una barba crespa. Los poros podían abrirse, diminutos, y soltar su perla de sangre. Un buen barbero como yo finca su orgullo en que eso no ocurra a ningún cliente. Y éste era un cliente de calidad. ¿A cuántos de los nuestros había ordenado matar? ¿A cuántos de los nuestros había ordenado que los mutilaran? ... Mejor no pensarlo. Torres no sabía que yo era un enemigo. No lo sabía él ni lo sabían los demás. Se trataba de un secreto entre muy pocos, precisamente para que yo pudiese informar a los revolucionarios de lo que Torres estaba haciendo en el pueblo y de lo que proyectaba hacer cada vez que emprendía una excursión para cazar revolucionarios. Iba a ser, pues, muy difícil explicar que yo lo tuve entre mis manos y lo dejé ir tranquilamente, vivo y afeitado.
La barba le había desaparecido casi completamente. Parecía más joven, con menos años de los que llevaba a cuestas cuando entró. Yo supongo que eso ocurre siempre con los hombres que entran y salen de las peluquerías. Bajo el golpe de mi navaja Torres rejuvenecía, sí; porque yo soy un buen barbero, el mejor de este pueblo, lo digo sin vanidad. Un poco más de jabón, aquí, bajo la barbilla, sobre la manzana, sobre esta gran vena. ¡Qué calor! Torres debe estar sudando como yo. Pero él no tiene miedo. Es un hombre sereno que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros. En cambio yo, con esta navaja entre las manos, puliendo y puliendo esta piel, evitando que brote sangre de estos poros, cuidando todo golpe, no puedo pensar serenamente. Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario pero no soy un asesino. Y tan fácil como resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? No, ¡qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué se gana con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y éstos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre. Yo podría cortar este cuello, así, ¡zas! No le daría tiempo de quejarse y como tiene los ojos cerrados no vería ni el brillo de la navaja ni el brillo de mis ojos. Pero estoy temblando como un verdadero asesino. De ese cuello brotaría un chorro de sangre sobre la sábana, sobre la silla, sobre mis manos, sobre el suelo. Tendría que cerrar la puerta. Y la sangre seguiría corriendo por el piso, tibia, imborrable, incontenible, hasta la calle, como un pequeño arroyo escarlata. Estoy seguro de que un golpe fuerte, una honda incisión, le evitaría todo dolor. No sufriría. ¿Y qué hacer con el cuerpo? ¿Dónde ocultarlo? Yo tendría que huir, dejar estas cosas, refugiarme lejos, bien lejos. Pero me perseguirían hasta dar conmigo. “El asesino del Capitán Torres. Lo degolló mientras le afeitaba la barba. Una cobardía”. Y por otro lado: “El vengador de los nuestros. Un nombre para recordar (aquí mi nombre). Era el barbero del pueblo. Nadie sabía que él defendía nuestra causa...” ¿Y qué? ¿Asesino o héroe? Del filo de esta navaja depende mi destino. Puedo inclinar un poco más la mano, apoyar un poco más la hoja, y hundirla. La piel cederá como la seda, como el caucho, como la badana. No hay nada más tierno que la piel del hombre y la sangre siempre está ahí, lista a brotar. Una navaja como ésta no traiciona. Es la mejor de mis navajas. Pero yo no quiero ser un asesino, no señor. Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo honradamente con mi trabajo... No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada más. Usted es un verdugo y yo no soy más que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto.
La barba había quedado limpía, pulida y templada. El hombre se incorporó para mirarse en el espejo. Se pasó las manos por la piel y la sintió fresca y nuevecita.
“Gracias”, dijo. Se dirigió al ropero en busca del cinturón, de la pistola y del kepis. Yo debía estar muy pálido y sentía la camisa empapada. Torres concluyó de ajustar la hebilla, rectificó la posición de la pistola en la funda y, luego de alisarse maquinalmente los cabellos, se puso el kepis. Del bolsillo del pantalón extrajo unas monedas para pagarme el importe del servicio. Y empezó a caminar hacia la puerta. En el umbral se detuvo un segundo y volviéndose me dijo:
“Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo digo”. Y siguió calle abajo.
domingo 10 de mayo de 2009
EL SOMBRERO DE UN GALLERO
(Tercer Puesto Concurso Nacional de Cuento Leopoldo Berdella 2008)
-Y usted, ni me ayuda a echar cabeza, Ojo de tigre -y por la boca de su poncho blanco con rayas negras mira al bulto que tiene agarrado con su brazo izquierdo-. ¿O es que también su memoria se volvió arisca? Pero usted sí estaba ahí, de eso sí me acuerdo, quería pelearse con todos, hasta con las gallinas.
Sentado en el andén, no observa las casas y los cables que las encadenan con los postes, tampoco percibe el olor del café caliente ni escucha la voz del vendedor de café caliente, de frente al sol intenta recordar todos los detalles que faltan para saber, por fin, qué sucedió dos días atrás.
Los dos habían saltado el barranco, lo recuerda muy bien Gerardo, y después, mientras unas descargas ahogaban la voz de José Alfredo Jiménez y el canto de los gallos se mezclaba con el eco de unos gritos, habían corrido como almas perseguidas por el diablo. Pero es que también corrían así cuando Ojo de Tigre recibía un fuerte picotazo en su cuello desplumado; saltaban el barranco y corrían pisando hojas secas hasta llegar a la casa donde Gerardo guardaba remedios que curaban heridas.
-Al paso que vamos, si queremos saber lo que de verdad pasó, vamos a tener que inventar los recuerdos, y cerrar los ojos y tratar de pensar en otras vainas cuando nos acorralen las dudas. O, ¿qué otra cosa se le ocurre a usted, Ojo de tigre?
Luego de varios intentos por reconstruir las imágenes, por recordar los sonidos y llegar hasta el comienzo del silencio, se da cuenta de que su memoria se ha convertido en un asunto serio, sin embargo, una vez más, como el niño que se enreda en una división de dos cifras e inicia de nuevo para nunca acertar, vuelve a comenzar. Parte del momento en que con Ojo de tigre en su brazo izquierdo llega a la gallera de don Luis, como a las dos y quince minutos de la tarde; hora en que el canto de José Alfredo Jiménez ya retumbaba en los parlantes trepados en las vigas de un viejo kiosco y al ruedo aún no se había soltado ningún gallo.
Pero después de darle vueltas y vueltas a los recuerdos, en alguna parte se rompe la cuerda de su memoria y no logra tener claro si la gritería salía de las apuestas que se lanzaban; si las personas que respondían a una lista eran los mismos que apostaban, pero recuerda que las apuestas nunca se anotan, al final de cada riña el perdedor se acerca y paga sin que le cobren; tampoco logra precisar si el pasto verde quedó manchado por sangre roja, o por la sangre morada de los gallos picoteados. Es como si una visión le hubiera suprimido un espacio ocupado de su memoria, y de paso, la visión se hubiera tornado borrosa.
-No será que tenemos que dejar que los recuerdos se vayan para que después vuelvan todos completicos. Ah… ¿qué dice, Ojo de tigre?
El día en que Gerardo recibió el papel, empezó a pensar las respuestas; las mismas que ahora lleva a su mente para distraer los recuerdos que le llegan a pedazos. Si le insistían que colabore, que mire, que éstos son los buenos y aquellos los comunistas, les diría que él sólo quiere entenderse con gallos finos; si le mostraban los cañones y le enseñaban los calibres, les haría saber, de frente, que a él sólo le gustan las peleas a talón desnudo, que, al contrario de otros galleros, él no está interesado en armar a los gallos con espuelas porque sabe que después se enredarán en sus propios aguijones; si trataban de explicarle que con estas trampas y las de más allá se logra eliminar al enemigo, les diría que él no tiene enemigos, y ni siquiera soporta las peleas donde un gallo tiene que morir para darle la victoria a su rival. Eran sus replicas, pero no hubo tiempo para pronunciarlas.
Y ahora, en vista de que su memoria sigue haciéndose la desentendida, no sabe si confiar en el sueño corto del corto rato en que durmió en el andén, o pensar en las advertencias escritas al final del papel. Soñó que la sangre salía de los pescuezos de cuarenta y tres gallos que don Inocencio, doña Bertilda y Horacio habían lanzado a una pelea de todos contra todos. La gallera les había quedado pequeña, entonces, los gallos saltaron el ruedo, y en el pasto, detrás de la casa de don Luis, alrededor del palo de naranjo, Gerardo, en su sueño, vio sombras de diversos colores que combatían bajo gritos de apuestas de diez mil y voces de apoyo a los luchadores, que abrían sus plumajes como si fueran a volar y, otras veces, saltaban como si tuvieran resortes en sus patas.
-Y usted, ¿qué ha soñado, Ojo de tigre? Perdóneme, pero no entiendo qué trata de decirme con esos picotazos que usted lanza al aire, y esos cabezazos que manda hacia arriba.
Y cuando empieza a repasar los detalles de su sueño, se acuerda de que en el sueño no vio a Cuatro Vidas, y si no estaba ese gallo, tampoco Matilde.
-¿Qué habrá sido de Matilde? ¿Usted, alcanzó a verla? O, de pronto, escuchó sus gritos de cada sábado. ¡Vamos! ¡Eso es! ¡Así se hace! ¡Dele duro! Cualquiera los reconocería, y su risa… ¿quién puede olvidar su risa?
Pero no quiere imaginar horrores, más bien piensa que algunos trozos de sueño, a veces los mejores, se borran cuando las personas despiertan. Le gustaba Matilde; su risa le creaba un serio desafío, y Matilde entera le generaba pocas esperanzas; ella sólo quería saber de plumas, y crestas, y pescuezos; al final de cada pelea, ganara o perdiera, acariciaba el cuerpo de Cuatro Vidas y le daba agua de boca a pico, en cambio con los hombres ya había perdido toda muestra de compasión.
Cuatro Vidas es un gallo bravo, aunque un poco atrevido, recuerda Gerardo mientras el sol alumbra su cara y calienta su frente, pero no se anima a colocarse su sombrero. Cuando Cuatro Vidas estaba en los brazos de Matilde, lanzaba picotazos a los botones de su camisa, y ella reía, y lo defendía, confunde los botones con los maíces, decía. Entonces, Cuatro Vidas quiere desmaizar la camisa, pensaba Gerardo en ese momento, y también reía, aunque sin contar de qué reía; le sonaba rara esa expresión aún sin haberla pronunciado en voz alta, y recordaba que cuando doña Lucila llegó de la capital y escuchó que todos decían mañanear en vez de madrugar, también la señora reía. Pero cuando eso, Gerardo no reía, le parecía muy normal esa palabra que todos usaban cada día para hablar del momento en que, en la vereda, los gallos hacían mañanear a los galleros.
-Y ahora, ¿usted qué va a hacer aquí, Ojo de tigre? -y, otra vez, baja sus ojos para mirar dentro de su poncho-. En esta ciudad, la gente madruga, si, madruga, no mañanea, no se vaya a equivocar Ojo de tigre porque se van a reír de usted. Le decía, Ojo de tigre, que aquí la gente madruga, pero ni siquiera necesita de su canto para despertarse, aquí la gente se despierta con un sonido más… más decente.
Cuatro gallos permanecían amarrados alrededor del patio de su casa; los unos tan lejos de los otros que no alcanzaran a tocarse, sólo a mirarse con provocación; Gerardo sabía que de tanto mirarse y contenerse alimentarían bravura para cuando, de verdad, la necesitaran. También guardaba dos o tres gallos en dos o tres jaulas, los que lanzaba al ruedo el sábado los encerraba ahí desde el viernes, seguro de que la reclusión los volvería doblemente agresivos. Y dejaba a Ojo de tigre encima de un palo, amarrado de una pata y con una tasa de agua y un plátano maduro atados al madero; Ojo de Tigre no necesitaba encierro, en su momento de mayor alegría, podía avivar su furia.
El sol sube con rapidez y pronto se colocará encima de su cabeza. Entre tanto, mira sus botas y retira unas hojas secas que el barro mantiene atadas a los bordes, y aprovecha para recordar que las compró unos veinte días atrás con las ganancias de dos peleas en que Ojo de tigre y otro de sus gallos, sin un rasguño en sus pescuezos, salieron victoriosos; un sábado en que aún nadie había recibido los papeles.
Un sábado en que muchos galleros querían apostar hasta los terneros y las enjalmas de las mulas, pero don Luis había prohibido apostar las pertenencias, y también había fijado el tope de diez mil pesos para cada apuesta. Sin embargo, algunos se quejaban, se apostaba de a diez mil pesos cuando la plata valía, pero ahora, aunque fuera deberíamos subirle a veinte, decían. Si llego a saber que alguien apuesta más de diez mil, no vuelve a mi gallera, advirtió don Luis, una tarde. Yo acepto lo que disponga el gallero mayor, le dijo Matilde a Gerardo esa misma tarde, don Luis no habla por hablar, su palabra es la de un gallero.
-Y lo peor, es que yo tampoco se qué voy a hacer. Por lo menos, estamos los dos, pero, ¿qué vamos a hacer, Ojo de tigre? Creo que nos vamos a joder. He echado ojo, y aquí no he visto ningún gallo, y usted, sin un gallo que lo rete, se va a volver gallina. Y yo, sin un gallo… ya seremos dos gallinas.
Y en el momento en que habla con sus ojos agachados, una voz que escucha encima de sus orejas lo saca de sus preocupaciones, y luego otra voz, y una más.
-¡Levántese!
-¡Rápido!
-¿Qué lleva ahí? Debajo de ese poncho.
-¡Mire! -dice, mientras se levanta, alza la parte delantera de su poncho y muestra su sombrero blanco de ala ancha.
(Tercer Puesto Concurso Nacional de Cuento Leopoldo Berdella 2008)
-Y usted, ni me ayuda a echar cabeza, Ojo de tigre -y por la boca de su poncho blanco con rayas negras mira al bulto que tiene agarrado con su brazo izquierdo-. ¿O es que también su memoria se volvió arisca? Pero usted sí estaba ahí, de eso sí me acuerdo, quería pelearse con todos, hasta con las gallinas.
Sentado en el andén, no observa las casas y los cables que las encadenan con los postes, tampoco percibe el olor del café caliente ni escucha la voz del vendedor de café caliente, de frente al sol intenta recordar todos los detalles que faltan para saber, por fin, qué sucedió dos días atrás.
Los dos habían saltado el barranco, lo recuerda muy bien Gerardo, y después, mientras unas descargas ahogaban la voz de José Alfredo Jiménez y el canto de los gallos se mezclaba con el eco de unos gritos, habían corrido como almas perseguidas por el diablo. Pero es que también corrían así cuando Ojo de Tigre recibía un fuerte picotazo en su cuello desplumado; saltaban el barranco y corrían pisando hojas secas hasta llegar a la casa donde Gerardo guardaba remedios que curaban heridas.
-Al paso que vamos, si queremos saber lo que de verdad pasó, vamos a tener que inventar los recuerdos, y cerrar los ojos y tratar de pensar en otras vainas cuando nos acorralen las dudas. O, ¿qué otra cosa se le ocurre a usted, Ojo de tigre?
Luego de varios intentos por reconstruir las imágenes, por recordar los sonidos y llegar hasta el comienzo del silencio, se da cuenta de que su memoria se ha convertido en un asunto serio, sin embargo, una vez más, como el niño que se enreda en una división de dos cifras e inicia de nuevo para nunca acertar, vuelve a comenzar. Parte del momento en que con Ojo de tigre en su brazo izquierdo llega a la gallera de don Luis, como a las dos y quince minutos de la tarde; hora en que el canto de José Alfredo Jiménez ya retumbaba en los parlantes trepados en las vigas de un viejo kiosco y al ruedo aún no se había soltado ningún gallo.
Pero después de darle vueltas y vueltas a los recuerdos, en alguna parte se rompe la cuerda de su memoria y no logra tener claro si la gritería salía de las apuestas que se lanzaban; si las personas que respondían a una lista eran los mismos que apostaban, pero recuerda que las apuestas nunca se anotan, al final de cada riña el perdedor se acerca y paga sin que le cobren; tampoco logra precisar si el pasto verde quedó manchado por sangre roja, o por la sangre morada de los gallos picoteados. Es como si una visión le hubiera suprimido un espacio ocupado de su memoria, y de paso, la visión se hubiera tornado borrosa.
-No será que tenemos que dejar que los recuerdos se vayan para que después vuelvan todos completicos. Ah… ¿qué dice, Ojo de tigre?
El día en que Gerardo recibió el papel, empezó a pensar las respuestas; las mismas que ahora lleva a su mente para distraer los recuerdos que le llegan a pedazos. Si le insistían que colabore, que mire, que éstos son los buenos y aquellos los comunistas, les diría que él sólo quiere entenderse con gallos finos; si le mostraban los cañones y le enseñaban los calibres, les haría saber, de frente, que a él sólo le gustan las peleas a talón desnudo, que, al contrario de otros galleros, él no está interesado en armar a los gallos con espuelas porque sabe que después se enredarán en sus propios aguijones; si trataban de explicarle que con estas trampas y las de más allá se logra eliminar al enemigo, les diría que él no tiene enemigos, y ni siquiera soporta las peleas donde un gallo tiene que morir para darle la victoria a su rival. Eran sus replicas, pero no hubo tiempo para pronunciarlas.
Y ahora, en vista de que su memoria sigue haciéndose la desentendida, no sabe si confiar en el sueño corto del corto rato en que durmió en el andén, o pensar en las advertencias escritas al final del papel. Soñó que la sangre salía de los pescuezos de cuarenta y tres gallos que don Inocencio, doña Bertilda y Horacio habían lanzado a una pelea de todos contra todos. La gallera les había quedado pequeña, entonces, los gallos saltaron el ruedo, y en el pasto, detrás de la casa de don Luis, alrededor del palo de naranjo, Gerardo, en su sueño, vio sombras de diversos colores que combatían bajo gritos de apuestas de diez mil y voces de apoyo a los luchadores, que abrían sus plumajes como si fueran a volar y, otras veces, saltaban como si tuvieran resortes en sus patas.
-Y usted, ¿qué ha soñado, Ojo de tigre? Perdóneme, pero no entiendo qué trata de decirme con esos picotazos que usted lanza al aire, y esos cabezazos que manda hacia arriba.
Y cuando empieza a repasar los detalles de su sueño, se acuerda de que en el sueño no vio a Cuatro Vidas, y si no estaba ese gallo, tampoco Matilde.
-¿Qué habrá sido de Matilde? ¿Usted, alcanzó a verla? O, de pronto, escuchó sus gritos de cada sábado. ¡Vamos! ¡Eso es! ¡Así se hace! ¡Dele duro! Cualquiera los reconocería, y su risa… ¿quién puede olvidar su risa?
Pero no quiere imaginar horrores, más bien piensa que algunos trozos de sueño, a veces los mejores, se borran cuando las personas despiertan. Le gustaba Matilde; su risa le creaba un serio desafío, y Matilde entera le generaba pocas esperanzas; ella sólo quería saber de plumas, y crestas, y pescuezos; al final de cada pelea, ganara o perdiera, acariciaba el cuerpo de Cuatro Vidas y le daba agua de boca a pico, en cambio con los hombres ya había perdido toda muestra de compasión.
Cuatro Vidas es un gallo bravo, aunque un poco atrevido, recuerda Gerardo mientras el sol alumbra su cara y calienta su frente, pero no se anima a colocarse su sombrero. Cuando Cuatro Vidas estaba en los brazos de Matilde, lanzaba picotazos a los botones de su camisa, y ella reía, y lo defendía, confunde los botones con los maíces, decía. Entonces, Cuatro Vidas quiere desmaizar la camisa, pensaba Gerardo en ese momento, y también reía, aunque sin contar de qué reía; le sonaba rara esa expresión aún sin haberla pronunciado en voz alta, y recordaba que cuando doña Lucila llegó de la capital y escuchó que todos decían mañanear en vez de madrugar, también la señora reía. Pero cuando eso, Gerardo no reía, le parecía muy normal esa palabra que todos usaban cada día para hablar del momento en que, en la vereda, los gallos hacían mañanear a los galleros.
-Y ahora, ¿usted qué va a hacer aquí, Ojo de tigre? -y, otra vez, baja sus ojos para mirar dentro de su poncho-. En esta ciudad, la gente madruga, si, madruga, no mañanea, no se vaya a equivocar Ojo de tigre porque se van a reír de usted. Le decía, Ojo de tigre, que aquí la gente madruga, pero ni siquiera necesita de su canto para despertarse, aquí la gente se despierta con un sonido más… más decente.
Cuatro gallos permanecían amarrados alrededor del patio de su casa; los unos tan lejos de los otros que no alcanzaran a tocarse, sólo a mirarse con provocación; Gerardo sabía que de tanto mirarse y contenerse alimentarían bravura para cuando, de verdad, la necesitaran. También guardaba dos o tres gallos en dos o tres jaulas, los que lanzaba al ruedo el sábado los encerraba ahí desde el viernes, seguro de que la reclusión los volvería doblemente agresivos. Y dejaba a Ojo de tigre encima de un palo, amarrado de una pata y con una tasa de agua y un plátano maduro atados al madero; Ojo de Tigre no necesitaba encierro, en su momento de mayor alegría, podía avivar su furia.
El sol sube con rapidez y pronto se colocará encima de su cabeza. Entre tanto, mira sus botas y retira unas hojas secas que el barro mantiene atadas a los bordes, y aprovecha para recordar que las compró unos veinte días atrás con las ganancias de dos peleas en que Ojo de tigre y otro de sus gallos, sin un rasguño en sus pescuezos, salieron victoriosos; un sábado en que aún nadie había recibido los papeles.
Un sábado en que muchos galleros querían apostar hasta los terneros y las enjalmas de las mulas, pero don Luis había prohibido apostar las pertenencias, y también había fijado el tope de diez mil pesos para cada apuesta. Sin embargo, algunos se quejaban, se apostaba de a diez mil pesos cuando la plata valía, pero ahora, aunque fuera deberíamos subirle a veinte, decían. Si llego a saber que alguien apuesta más de diez mil, no vuelve a mi gallera, advirtió don Luis, una tarde. Yo acepto lo que disponga el gallero mayor, le dijo Matilde a Gerardo esa misma tarde, don Luis no habla por hablar, su palabra es la de un gallero.
-Y lo peor, es que yo tampoco se qué voy a hacer. Por lo menos, estamos los dos, pero, ¿qué vamos a hacer, Ojo de tigre? Creo que nos vamos a joder. He echado ojo, y aquí no he visto ningún gallo, y usted, sin un gallo que lo rete, se va a volver gallina. Y yo, sin un gallo… ya seremos dos gallinas.
Y en el momento en que habla con sus ojos agachados, una voz que escucha encima de sus orejas lo saca de sus preocupaciones, y luego otra voz, y una más.
-¡Levántese!
-¡Rápido!
-¿Qué lleva ahí? Debajo de ese poncho.
-¡Mire! -dice, mientras se levanta, alza la parte delantera de su poncho y muestra su sombrero blanco de ala ancha.
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